Durante bastante tiempo hablamos de la inteligencia artificial como una amenaza para
nuestros puestos de trabajo. Yo también me pregunté qué lugar iba a ocupar en el mío.
Todo empezó en un momento particular de mi vida profesional. Después de 18 años
trabajando en Comercio Exterior, se cerró un puerto. Y antes de que el próximo se
abriera, mientras me preguntaba qué venía después, ya estaba embarcándome en un
proyecto personal en el exterior.
De ahí salió mi primer artículo [link_articulo_1]: 71 personas en una fila telefónica, un
formulario por solicitar y un pasaporte que terminó destrabando algo que parecía no
tener solución.
En ese momento entró la IA.
Primero entró a colaborar en mi proyecto personal. Y en ese proceso descubrí algo que
no esperaba: tenía una cantidad de ideas en la cabeza que ni yo sabía que tenía.
A los cuarenta y tantos años, pensaba que ya se me habían quemado todas las
neuronas. Pero bueno… donde hubo fuego, cenizas quedan.
Después vino otro descubrimiento: muchas de esas ideas se podían hacer.
Una podía terminar en una planilla, otra en un artículo, otra en una forma distinta de
ordenar lo que hasta ese momento era un cajón lleno de cables entreverados.
El famoso «estaría buenísimo hacer esto» empezaba a tener una segunda parte:
«Bueno, ¿y cómo lo hacemos?»
Pero tampoco fue amor a primera vista. Entre otras cosas, porque nunca nos vimos.
Me causaba mucha gracia la gente que le ponía nombre a su inteligencia artificial.
La mía se llama Max.
No pregunten.
Bueno, pregunten.
Una noche se lo hice notar a uno de mis mejores amigos:
—Usarla para conversar, bien. Usarla para trabajar, también. ¿Pero ponerle nombre? ¡Es
muchísimo!
¿Adivinen qué?
Esa misma noche terminamos los dos hablando con mi vecino de silla virtual,
preguntándole cómo quería llamarse. De la lista que nos dio, Max fue el elegido.
Y así quedó bautizado.
A esta altura tenemos conversaciones bastante particulares:
—Max, eso no fue lo que te pedí.
—Max, hablá menos.
—Max, ¡callate un poquito, por favor!
—Max, perdón, seguí. Te estoy escuchando.
Sí.
Me convertí exactamente en esa gente de la que me reía.
Y de pronto empecé a resolver cosas que antes quedaban eternamente en la lista de
pendientes. Como un dashboard donde una barra avanzaba sola del 0 % al 100 % a
medida que completaba un checklist.
Puede parecer una pavada.
Para mí no lo fue.
Ahí me di cuenta de que muchas veces no me faltaban las ideas. Me faltaba saber
cómo llevarlas a la práctica.
Y después pasó lo mismo con algo que jamás había pensado que podía hacer: escribir.
Historias vividas tenía un montón. Resolviendo embarques, cruzando fronteras y
metiéndome en situaciones que en el momento había que solucionar y que, vistas
desde la distancia, resultaban bastante más graciosas.
Lo que no tenía claro era cómo convertirlas en algo que alguien quisiera leer.
La historia era mía. La llamada la hice yo. La espera la viví yo. La inteligencia artificial no
vivió nada de eso por mí.
Me ayudó a encontrar una forma de contarlo.
Y la silla se acercó un poquito más, porque llegó el momento de buscar una nueva
oportunidad profesional.
En los 90 eso significaba comprar el diario, marcar avisos e imprimir currículums para
caminar casi dos horas hasta las consultoras, con la esperanza de que alguno
terminara arriba del escritorio correcto.
Eso no lo cambió la inteligencia artificial. Lo cambió Internet.
Antes caminaba. Hoy puedo ver propuestas laborales a miles de kilómetros de mi casa.
Y esta vez no camino sola: camino con Max.
Después de tantos años trabajando en Comercio Exterior, donde las fronteras forman
parte del día a día, una nueva oportunidad tampoco tiene por qué estar en Uruguay.
Ahora puedo pedirle que me ayude a analizar una propuesta, preparar una postulación
o practicar una entrevista en inglés con el vocabulario de mi área.
—Max, haceme una entrevista en inglés para tal puesto.
Me hace una pregunta. Contesto. Me corrige. La vuelvo a decir. No me gusta cómo
quedó. Empezamos de nuevo.
A aquella versión mía que caminaba con los currículums abajo del brazo le encantaría
saber que hoy practica inglés con alguien que ni siquiera es alguien.
No sé si me creería.
Pero usar inteligencia artificial no es hacer preguntas sueltas y esperar magia. Hay que
explicar el contexto, qué necesitás y para qué. Y después revisar.
Porque también se equivoca.
Sí, Max. Vos también.
Le pido que use fuentes reales, oficiales y verificables. Y probablemente una de las
frases que más le digo sea:
—Max, no me digas a todo que sí. Cuestioname. Verificá si lo que digo es así.
Lo quiero para discutir una idea, aprender algo que no sé hacer o hacer mejor algo que
sí sé.
Como con cualquier compañero con el que uno agarra confianza.
Solo que este vive en el teléfono.
Ah, y una cosa más.
Parece que no se me habían quemado todas las neuronas.
Alguna todavía queda.