La rendija para la paz entre Estados Unidos e Irán está abierta. Cuando están a punto de cumplirse tres meses del ataque que acabó con el líder supremo de la República Islámica, Ali Jameneí, y marcó el inicio de una campaña de inciertos resultados, Washington da por hecho que en los próximos días podrá anunciar un acuerdo con Teherán para reabrir el estrecho de Ormuz. Este es, desde el inicio de la guerra, uno de los puntos más espinosos. El paso se ha convertido en un tapón que amenaza con asfixiar la economía global. Irán, muy consciente de tener esa importante baza negociadora, la ha usado a su favor.
Pese a los mensajes de optimismo de Washington, que dan por hecho que el anuncio oficial es cuestión de días, el acuerdo no está cerrado aún. La agencia semioficial iraní Tasnim asegura que quedan algunos asuntos pendientes, como los activos iraníes congelados, que podrían echar abajo todas las conversaciones.
La versión que están dando los equipos al tanto de las conversaciones gira en torno a una negociación en dos tiempos: reapertura inmediata del estrecho de Ormuz mientras que se concede algo de tiempo extra ―algunas fuentes hablan de 60 días― a Teherán para acordar los detalles en torno a su programa nuclear. Según un alto cargo citado por medios estadounidenses, el acuerdo también incluiría el compromiso de los iraníes de deshacerse del uranio enriquecido del que disponen, aunque no está claro ni cuándo ni cómo lo harían. Para un segundo momento quedarían asuntos tan importantes como el plazo de Teherán para suspender el programa nuclear y el destino de su arsenal de misiles, temas que se abordarían en futuras conversaciones.
Un alto cargo de la Casa Blanca confesó al medio Axios que cree que el pacto para desbloquear Ormuz llegará en los próximos días. Según esta versión, el líder supremo iraní, Mojtaba Jameneí, hijo del asesinado por Estados Unidos hace tres meses, ha dado luz verde al esquema general, pero todavía quedan detalles por cerrar y la toma de decisiones en el régimen islámico es un proceso lento.
Señales contradictorias
Mientras todo esto ocurre, el presidente Donald Trump lanza señales contradictorias. Si el sábado daba prácticamente por hecho el acuerdo ―“los detalles se anunciarán pronto”―, el domingo enfriaba las expectativas de un fin inminente de la guerra. “He informado a mis representantes de que no se apresuren para firmar un acuerdo en el que el tiempo está de nuestro lado”, escribió el republicano en su red social, Truth.
Ya el sábado se intuía que no todo estaba cocinado. El estadounidense anunció que el pacto incluía la reapertura del estrecho de Ormuz ―por el que pasa el 20% del petróleo mundial―, extremo que fue desmentido por las autoridades de Teherán a los pocos minutos.
Esa idea de que las cosas van bien, pero que van a necesitar algo de tiempo es la que maneja Marco Rubio, jefe de la diplomacia de Estados Unidos. “No puedes cerrar en 72 horas en una servilleta un acuerdo nuclear”, resumió el secretario de Estado en una entrevista que concedió en Nueva Delhi.
Si finalmente sale adelante este plan, sería el colofón a meses de constantes mensajes contradictorios de Trump, en el que un día aseguraba que las negociaciones con unos dirigentes iraníes supuestamente deseosos de agradarle iban estupendamente y al siguiente decía cosas como que “una civilización entera” estaba a punto de morir para pasar al instante siguiente a la casilla de salida.
Faltan por conocer los detalles y existen dudas en torno al cumplimiento por parte de dos bandos en los que reina la desconfianza. Pero, si sale adelante, el pacto supondrá un respiro considerable tanto para Washington como para Teherán. El gran perdedor sería el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, que no se ha esforzado en esconder su incomodidad ante un acuerdo entre su principal valedor y su archienemigo, un pacto que no cubre las principales preocupaciones del Estado judío y que habían servido de argumento para lanzar el ataque del 28 de febrero.
A lo largo de estos días han desempeñado un papel fundamental los negociadores paquistaníes, encabezados por el jefe del Estado Mayor, Asim Munir, y los líderes del mundo árabe, que veían con preocupación cómo un conflicto a gran escala en Irán podía arrastrarlos a ellos también. Hace ya mucho tiempo que al propio Trump se le notaba impaciente por pasar página de una guerra que se gestó como si fuera a durar unos días y que, al enquistarse, impulsaba los precios del petróleo y, lo que es peor, se llevaba por delante la popularidad del republicano.
Las prisas por llegar a un acuerdo se explican también por el calendario interno estadounidense: a Trump le quedan menos de seis meses para las elecciones legislativas de noviembre, que marcarán la segunda mitad de su estancia en la Casa Blanca.
Cabe preguntarse qué ha sacado en limpio Trump con esta campaña, que le ha supuesto un considerable desgaste interno y le ha enfrentado con parte de la base de su partido. Son los conservadores que lo votaron con el argumento de centrarse en los problemas de sus ciudadanos y no involucrarse en guerras interminables en sitios lejanos de los que el estadounidense medio no sabe prácticamente nada.
Pero un acuerdo con Irán en el que no se cumplen los objetivos marcados al inicio de la campaña ―ni desmantelamiento del plan nuclear ni eliminación de la capacidad militar de Teherán― también amenaza con enardecer a los halcones que querían acabar con su gran enemigo en Oriente Próximo. Algunos de estos ya están hablando. Como el senador Thom Tillis, que ha criticado los planes del alto el fuego. “¿Ahora hablamos de que podríamos aceptar que el material nuclear permanezca en Irán? ¿Qué sentido tiene eso? Hay muchas cosas que deben ser aclaradas”, señaló a la CNN el senador conservador.
El demócrata Chris Van Hollen, miembro del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, cree que los detalles que están saliendo a la luz se parecen mucho a la situación que había en Irán antes del 28 de febrero. Pese a todo, justificó lo pactado por considerar que el error fue en primera instancia ir a la guerra. “Cuando uno está cavando un hoyo, debería dejar de cavar. Parece que eso es lo que estamos haciendo”, dijo en Fox News.
Después de meses de versiones contradictorias y de negociaciones en círculo, queda, sobre todo, la duda de los objetivos logrados por Estados Unidos en una campaña que ha costado, como poco, 29.000 millones de dólares [unos 25.000 millones de euros]. Porque el gran logro que exhibe la Administración de Trump ahora es la reapertura del estrecho de Ormuz. Pero la paradoja es que Ormuz funcionaba, antes de la guerra, con total normalidad.